Antes de que contestase, Adam miró el rostro de la muchacha; pensó que era guapa, con su cara blanda de chiquilla más o menos sana, su pelo color avellana y sobre todo dos gruesos labios muy rojos, sin carmín, que se entreabrían en silencio y hacían brillar en el centro de la cavidad roja de la boca un gota de nácar; ciertamente iba a manar el sonido de su voz de la oquedad de su garganta, y, en cuatro vibraciones de cuerdas vocales agudas, a rematar aquel ligero temblor de las comisuras de los labios, a realizar la última en fecha de las apoteosis humanas, mitad deseo, mitad costumbre.
(Jean Marie Gustave Le Clézio, Le procès-verbal)
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10/5/09
EL ATESTADO
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